Como inocente mosca atrapada en la telaraña, va la victima inconsiente de lo que le depara.
Su camison blanco se azota con el aire, metiéndose entre sus piernas para dejar ver su silueta. Ella no lo sabe.
Ella solo va, atraída, llorosa, inconsiente, añorante. Busca paz, busca consuelo. Y ese canto susurrado, ese viento que le dice su nombre en la oreja, ese aire que la tumba de la colina mientras vuelve a levantarse, tan solo es el canto del caos, la perorata del desastre, la alucinación certera.
Su pelo negro y liso solo se agita, sus pies blancos y pequeños se lastiman con las piedras y las ramas, sus manos frias abrazan su pecho estremeciente,
Alla va. Y cuando por fin llega al montículo sagrado, el hombre de la capa, que siempre la acechaba en las fiestas del pueblo, la toma entre sus brazos y clavandole una daga en el cuello, recita las palabras profanas... Helena.
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