sábado, 14 de agosto de 2010

Reunión

el olor hacía insoportable la estancia. las moscas zumbaban con la luz del mediodía, y los gusanos comenzaban a salirse de los ojos y las fosas nasales. sin embargo ellos estaban ahí, primero como petrificados, después con algo de amargura y mucho de tristeza. había sucedio. lo encontraron muerto.
esa mañana salieron al campo, para procurar aire fresco a los pulmones de David. su padre no había regresado en dos semanas, y Marie trataba de poner una sonrisa en su cara cenicienta.
vamos, un poco de sol te sentará bien- le había dicho, con ese movimiento de labios tristes que asemejaba una sonrisa. el carruaje los había dejado a dos millas sendero principal, y por primera ves en mucho tiempo Marie había dejado de pensar en su marido, que en dos semanas no se había presentado en su hogar, que se fue el día en que el último barco de su compañía naufragara.
y ahora ahí estaban. en el campo. y asombrosamente, el padre se les había reunido, como una sorpresa desagradable.
nunca supieron si fue suicidio o asesinato.

Helena

Samara se levanto con un intenso dolor de cabeza. tardó un rato en acostumbrarse a la luz del sol, a los sonidos cotidianos de la ciudad, a la gente caminando por la acera. Después de dos años viviendo encerrada, con los enfermeros y doctores como unica compañía, no terminaba de acoplarse a la cotidaniedad de la vida.
Su vida. Era curioso como las cosas se habían dado, como se habían acomodado los pensamientos, su mente, que al final de todo el resultado había sido el diagnostico de loca. loca esquizofrenica. Y lo peor de todo es que no habían podido desterrarla del todo. Ahí seguía. Helena estaba adentro de ella, y nadie había podido quitarsela, aún cuando ella misma lo había deseado. Al final hicieron una tregua. Finge que no estoy aquí, le había dicho, y por fin sereremos libres para buscar venganza.
Porque debe morir, de eso no habia duda. No habia cambiado un ápice su proposito, y dejándose seducir por las palabras de Helena, estaba ya convencida a matar. Le recordó lo que había pasado de niña, los sufrimientos, los sentimientos de impotencia. Le recordó la infancia maldita, los cumpleaños de asco, de lujuria, la vida en fotografías a blanco y negro, a colores, en todas las posisiones, a fin de lograr una erección en el espectador desconocido y ser partícipe de sus fantasias.
En fin. hoy era el día. Se levantó de su cuarto, y yendo a la cocina, tomó el cuchillo que sería el salvador esperado, que la libraría al fin de sus sufrimientos.
Pero había algo que aún no le decía a Helena. Iba a matar, era cierto, pero no precisamente al que ella querría. Iba a matar a Helena. y lo hizo.

Hombre Solitario

La vez pasada te vi venir. Traías un paraguas rosa, mochila lila y calcetines hasta las rodillas. Venías de la escuela, mojada, chorreando lluvia, chorreando enojo. Apenas tendrás unos quince años y ya tan amargada. Tenías dos trenzas, largas, rojas, gruesas; y un copete despeinado que pretendía cubrir la cicatriz de la última espinilla que te reventaste. Tú uniforme, mojado también, se te pegaba por todos lados, pero sobre todo entre tus dos piernas, donde se podía adivinar tu pubis, rojo me imagino, virgen aún.
Te seguí. Detrás de ti caminaba un muchacho, francamente feo, que te veía las nalgas mientras andabas, y que seguramente en el recreo te sigue a todos lados para ver si te dignas a mirarlo alguna vez. También venía una niña gorda, pelo negro, sonrisa metálica, que seguramente saca diez en todo y tiene envidia de las niñas bonitas y flaquitas, como tu.
Te seguí todo el camino a casa, con las manos en los bolsillos, con un cigarrillo en la boca y con el corazón desbocado al imaginarme que tu y yo éramos los últimos en el mundo y que no caminábamos por esa calle de casas marrones, sino que estábamos abrazados, muy juntos en mi cuarto y me ofrecías de esa paleta roja que tanto te gusta traer en la boca saliendo de clases.
En un momento dado volteaste atrás y me viste. Alcanzaste tal vez a distinguir la silueta de un hombre simple, con corbata negra y lentes de pasta; viste casualmente la figura del hombre fracasado con una esposa gorda y un jefe gruñón; viste mi cara de reojo mientras yo miraba tus ojos verdes con los que se puede penetrar en tu alma (ya ves que traidores son) pero no en tu vientre.
Me viste y me sacudí. Te diste cuenta. Apuraste el paso pensando seguramente, que lo que te faltaba, que encima de que el profesor te puso muchos deberes y presentas mate mañana, todavía tienes que aguantar miradas libidinosas de tipos mucho mayores que tú, tal vez de la edad de tu papá, tal vez y que tal que fuera tu propio papá.
Te seguí y pasé de largo cuando entraste en tu casa roja, con la reja blanca y un porche ancho en el que había un helecho seco y una bugambilia púrpura. Te seguí y pasé de largo dolorosa, ansiosamente, conteniendo el impulso de regresarme y preguntarte por el nombre de la calle, preguntarte lo que sea, con tal de que me voltearas a ver de frente y me dijeras con esa voz molesta y como enojada que te dejara en paz, o que me vaya a la mierda, mientras me cerrabas en las narices la puerta de tu reja para que yo, al fin, aliviado de toda duda, me masturbara por las noches recordando el timbre de tu voz adolescente y tus ojos verdes con los que se puede penetrar en tu alma (ya ves que traicioneros son) pero no en tu vientre.