martes, 8 de noviembre de 2011
Te encontré I
Y el mundo volvió a nacer. Y las flores tuvieron color de nuevo, los árboles se alimentaron con la composta y el agua de la lluvia, el sol brilló amarillo y cegador y el aire tuvo ese olor a nada que tanto le gustaba. Después de ese aparatoso accidente, el niño tenía la sensación de que estaba vivo por primera vez. Le encantaba el hecho de que nadie parecía prestarle atención, pues así tenía tiempo para redescubrir su vida. El día en que se mudó a su nueva casa se encontró con que, sin querer, se había olvidado de su cumpleaños. Y ya cumplía 11. Mientras veía como los cargadores sacaban el sofá del camión, recordó cuando cumplió 6 años. Ese día había sido fantástico, pues fue el día en que le dieron su mejor regalo. Le dieron a su mago. Su amigo inseparable desde entonces, a quién le contaba todos sus problemas, a quién le preparaba sándwich con pura mayonesa, quién lo hacía reír con sus extravagancias y lo paseaba por el tiempo como si fuera un recorrido por el parque. Nadie tenía un mago. Al menos no como él. Sus padres se lo habían presentado ese día de cumpleaños, diciéndole que era un tío lejano que se había ido a vivir con ellos, pues no tenía ya dinero para pagar el asilo. Compartieron la recámara la primera noche y fue en ese momento en que se dio cuenta de que era especial. Lo descubrió cuando se quedó dormido y se empezó a elevar un poco, no mucho, tan solo unos centímetros. Lo despertó y él, despreocupado, le dijo: - ah, si, había olvidado decírtelo. Soy mago-. Desde ese día se aparecía justo cuando más lo necesitaba, cuando estaba aburrido o cuando quería jugar. Nunca lo veía venir. Era muy silencioso.
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