martes, 8 de noviembre de 2011

Te encontré III

Las semanas siguientes fueron para él muy tranquilas. Sus padres no le exigieron ir a la escuela como de costumbre, y al pensar un poco descubrió que tampoco le exigian ya sus deberes de costumbre: tender la cama, no hacer ruido mientras jugaba, podar el césped los sábados… no iba a negar que le gustara esta nueva situación, claro, pero poco a poco se dio cuenta de que en su corazón estaba filtrándose la melancolía. Algunas veces trataba de acordarse de lo que había hecho la tarde anterior, y descubría asustado que no podía. En esa casa de tiempo estancado, era muy fácil ponerse a llorar sin razón, olvidarse de las cosas y languidecer lentamente en el banco junto al avellano.

Una tarde el mago apareció de la nada, como era su costumbre
-Ya es hora
-¿de que?
-Ya lo verás. Acompáñame al avellano.
Fueron. Sentado en el banco, se vio a sí mismo. Le sorprendió tanto como le asustó. El mismo niño que había visto la ocasión anterior lo veía con el mismo rostro asustado que seguramente él tenía. El parecido era asombroso. Se acercó lentamente a él y de pronto le embargó una sensación familiar, como si conociera a ese niño de antaño. A de ser por que se parece a mí, pensó. En el momento que se miraron a los ojos, supo de pronto lo que tendría que hacer.
-Hola
-Hola
-¿quién eres?
-Soy tu
-¿seguro?
-Seguro.
-¿Y quién es él?
-El mago. ¿no lo reconoces?
-Se me hace familiar, pero… te recuerdo a ti.
-Yo también
De pronto el mago habló:
-Soy tu mago, el que perdiste aquel día.
-Disculpa, pero no te recuerdo bien. No recuerdo nada desde aquel día.
-Lo se, no recuerdas a nadie. Pero eso es porque te hace falta él
-¿quién?
-Este niño
-¿él?
-Exacto-. Y sonrió.
Se miraron de nuevo. Esta vez sonrieron tímidamente, casi al mismo tiempo. De pronto el niño no sintió más melancolía. Supo que era por el encuentro de su yo perdido, pero aún así lo sorprendió la sensación agradable del roce del tiempo. Ya no se estancaba. Corría.
El mago volvió a hablar:
-me voy
-no, por favor, te necesitamos- dijo el niño
-ya no me necesitan. Solo me quedé porque sabía que tenían que encontrarse de nuevo.
El niño que no recordaba dijo:
-se que te voy a extrañar
-yo también se que me vas a extrañar. Pero así es la vida. A ti ya no te gustan los sándwiches de pura mayonesa.
El niño pensó un poco y con tristeza dijo:
-no, es verdad, ya no…
-entonces todo está decidido. Me voy. Adiós.
-adiós.
El niño se quedó solo en el patio. El aire comenzó a zumbar, el sol brilló amarillo y cegador y en ese momento recordó que tenía que hacer tarea. La sorpresa que se llevarían papá y mamá cuando lo supieran.

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