jueves, 19 de enero de 2012

Ilusión

La boca le olía a huevo, para decepción de Miranda. ¿Cómo era posible que la vida fuera tan injusta con ella; que justo cuando su sueño máximo se cumplía, descubría que no era tan perfecto como pensaba?
El día había sido ideal. Un bonito día nublado, no tan frío, no tan caluroso, con el viento tranquilo y a la vez revoltoso. Por fin era el día en que decidirían su ascenso, y para sorpresa de muchos, hasta de ella misma, habían decidido que sí era capaz de ocupar un grado mayor, con mayor sueldo, mejor horario y por supuesto, un escritorio justo al lado de él. Tan perfecto. Blanco, ojos azules, pelo negro, mejillas sonrosadas... y con aliento a huevo.
Lo descubrió justo cuando le tendía la mano para saludarla y decirle su nombre, mientras le echaba una mirada de reconocimiento que ella entendió como una aprobación de su cuerpo.
Quién no haya pasado un mes entero en duermevela soñando con un ideal, una historia, una fantasía; quien no haya imaginado lo triste que es descubrir que al final de la novela el asesino no existía, puede tener una idea de lo decepcionada que Miranda se sintió. Nunca más, se dijo. Nunca más volveré a ilusionarme con alguien que no existe en realidad.
Y después conoció a Samuel

Como se mata a una gallina

Mi hermanito compró un pollo. Era un pollo amarillo, gordito y gritón. Piaba como nunca antes había oído yo que un pollo piara. Por las noches no dejaba de hacer ruido y yo tenía que aguantarme porque (como siempre) mis papás defendían a mi hermano, y si él quería algo, se lo daban.
Un día, mis padres salieron, y solo nos quedamos mi hermano y yo. Estaba leyendo una revista cuando el pollo empezó a piar. Mi hermano estaba viendo las caricaturas y parecía no darse cuenta. Traté de no hacer caso al ruido, pero este pareció fijase por completo en mi cabeza. Pasaron cinco minutos que me parecieron horas, y el pollo seguía piando. No dejaba concentrarme y poco a poco empezé a sentir como crecía un sentimiento de odio, de rabia, de ganas de pegarle a alguien. Nunca antes había experimentado eso, y me dio un poco de miedo. Miedo porque nunca creí que fuera capaz de albergar esos sentimientos, pues yo siempre había sido una persona muy pacífica. El pollo seguía piando, y de repente tuve en mi mente la imagen fugaz del pollo muerto, con la cabeza de lado y una pata estirada. Y no se porqué me gustó esa imagen. Me gustó. Reí por lo bajo y luego me quedé callada. ¿Qué había pensado? ¿Porqué me gustó lo quehabía pensado?. Traté de divgar en otra cosa pero no pude. El pollo seguía piando. Me empecé a desesperar. ¡Ya no lo soportaba! ¡Tenia que hacer algo!. Me paré y eche agua fría a mi rostro para calmarme, sin embargo, el sentimiento de odio solo aumentó. No pude más, así que me paré, fui al cuarto donde estaba ese estúpido pollito y lo levanté de la caja. Acto seguido le volteé el cuello y lo maté. Como se mata a una gallina.