jueves, 19 de enero de 2012

Ilusión

La boca le olía a huevo, para decepción de Miranda. ¿Cómo era posible que la vida fuera tan injusta con ella; que justo cuando su sueño máximo se cumplía, descubría que no era tan perfecto como pensaba?
El día había sido ideal. Un bonito día nublado, no tan frío, no tan caluroso, con el viento tranquilo y a la vez revoltoso. Por fin era el día en que decidirían su ascenso, y para sorpresa de muchos, hasta de ella misma, habían decidido que sí era capaz de ocupar un grado mayor, con mayor sueldo, mejor horario y por supuesto, un escritorio justo al lado de él. Tan perfecto. Blanco, ojos azules, pelo negro, mejillas sonrosadas... y con aliento a huevo.
Lo descubrió justo cuando le tendía la mano para saludarla y decirle su nombre, mientras le echaba una mirada de reconocimiento que ella entendió como una aprobación de su cuerpo.
Quién no haya pasado un mes entero en duermevela soñando con un ideal, una historia, una fantasía; quien no haya imaginado lo triste que es descubrir que al final de la novela el asesino no existía, puede tener una idea de lo decepcionada que Miranda se sintió. Nunca más, se dijo. Nunca más volveré a ilusionarme con alguien que no existe en realidad.
Y después conoció a Samuel

No hay comentarios:

Publicar un comentario